Los perros no siempre muerden, al menos no por odio; tendrán hambre, miedo o tristeza, tal vez una familia que aún los busca.
3 versiones de Puebla

Al llegar la noche, camino a casa. Me distrae la puerta abierta de un zaguán. En el suelo de la cochera hay un bidón de gasolina. Con una manguera conectada al tanque del auto, un hombre empieza a empujarlo rítmicamente desde la puerta trasera, haciéndolo tambalear de lado a lado. A veces, por las tardes, vehículos esperan fuera, en la banqueta o enfilados, para también abastecerse. De ese patio espacioso, donde cuelgan autopartes y caguamas vacías, sale un modesto y descuidado hatchback que, en el retrovisor, ostenta el logo FGE sobre un gafete de entrada y salida. Buenas noches, digo. Me devuelve el saludo amablemente, sonriéndome y mirándome a los ojos, alzando brevemente su mano derecha, porque entre vecinos nos cuidamos, o al menos mantenemos una discreción saludable.
Cuando salgo al parque a pasear a mi perra llevo conmigo un bastón expandible. Menos de 120 centímetros de acero durísimo, portátil, retráctil, capaz de quebrar el cemento o los huesos con fatal contundencia, nos protegen de las manadas de perros callejeros. Los perros no siempre ladran; a veces acechan desde las esquinas. Huelen agrio, a alcohol y orines. Tienen la piel herida y expuesta por llagas y arpones. Cuando todavía pueden caminar y no traen las patas hinchadas o gangrenadas, se acercan a pedir comida o limosna, pero drásticamente pueden atacar con fiereza. No siempre muerden —pienso mientras aprieto el bastón con la palma de mi mano y siento los surcos plasticosos y ásperos del mango— , al menos no siempre por odio; tendrán hambre, miedo o tristeza, tal vez una familia que todavía los busca.
¿Cree usted que habrá muchos aficionados que vengan para acá?, dice un hombre, de pie bajo el sol del mediodía a las faldas de la pirámide de Cholula. Yo creo sí, es muy turístico, por acá ya hay mucho ‘gringo’, le responde su amigo, cruzado de brazos, y lo mira con esperanza o desesperación. Yo los escucho y sigo caminando después de salir de un café que antes fue estación de tren y que hoy está lleno de polvo, sillitas acapulqueñas de varillas oxidadas y, al fondo de un pasillo de húmeda oscuridad, baños con gruesas capas de sarro.
Estas pequeñas piezas de la ciudad, fracturadas y amorfas, dispersas e inconexas, forman parte de un mosaico pequeñísimo e intrascendente, una pieza que a su vez conforma una más, y esta última otra más, hasta el tedio del relato, hasta desvanecerse en lo ininteligible.











