
«Ana: Un Homenaje en el Día Internacional de la Niña»


En mi trabajo en una escuela privada que acoge a niñas y adolescentes de 13 a 17 años, tuvimos la oportunidad de sumarnos a un Diálogo de Empoderamiento en honor al Día Internacional de la Niña. Este día, celebrado anualmente desde 1995, no solo conmemora los derechos de las niñas, sino también destaca los obstáculos únicos a los que ellas se enfrentan en todo el mundo, promueve su empoderamiento y la protección de sus derechos humanos.
Como preparación para este evento, mis cinco jóvenes alumnas y yo nos informamos sobre el tema. Durante esta investigación, nos topamos con la Declaración de Beijing, un hito que marcó un antes y un después en la defensa de los derechos de las niñas. Esta declaración subraya el derecho de las niñas a una vida segura, educación y salud, tanto durante su etapa de crecimiento como en su transición a la adultez, según lo proclama la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Explorando la página de la ONU, me encontré con una frase que resonó profundamente en mi: «Si las niñas reciben un apoyo efectivo durante la adolescencia, tienen el potencial de cambiar el mundo, no solo como niñas empoderadas en el presente, sino también como trabajadoras, madres, emprendedoras, mentoras, líderes de hogar y futuras líderes políticas».
Las cifras respaldan este potencial. Según las Naciones Unidas, actualmente existen más de 600 millones de niñas adolescentes en el mundo. Con los recursos y oportunidades adecuados, esta generación podría convertirse en la más destacada, liderando la innovación, el emprendimiento y el cambio social.
Al observar a mis alumnas dedicadas a investigar este tema, empapándose de información y escuchando a mujeres notables que les reafirman que sus sueños son alcanzables, me embargó una profunda admiración. Reconocí la importancia de recordarles a las jóvenes de todos los rincones del mundo que no tienen límites y que pueden ser quienes deseen ser.
Esto me llevó a reflexionar, sobre la fortuna de recibir información tan valiosa, de crecer en un mundo con más oportunidades, y de escuchar a mujeres que han luchado incansablemente, enfrentando innumerables obstáculos, relacionados a una sociedad machista. Mujeres que han luchado, desde varios frentes como el feminismo, para transmitir el mensaje de que todo es posible, que esta generación goza de más información y oportunidades, en contraste, a las generaciones pasadas, como la de nuestras madres y abuelas, que enfrentaron las restricciones impuestas por una sociedad machista. Educadas bajo la creencia de que su papel principal era ser esposas y madres, y que la educación y la independencia estaban fuera de su alcance, así como de la idea de disfrutar de su sexualidad y su propia diversión era igual a culpabilidad y pecado.
Pensé también en mi propia generación, la que todavía escuchó ese discurso patriarcal pero que ha vivido una transición hacia una mentalidad más equitativa, aunque no se ha logrado del todo y que contiene claroscuros. Recordé a una persona en particular, mi amiga Ana.
Por eso quise compartir su historia, no solo como un homenaje personal, sino como una forma de transformar lo íntimo en un llamado a la acción colectiva. Pues quiero recordar que aún queda un largo camino por recorrer en la búsqueda de igualdad de oportunidades para las niñas y adolescentes, especialmente en comunidades marginadas de nuestro país y del mundo. Solo porque en nuestra burbuja inmediata las cosas parezcan estar avanzando, no significa que en todos los rincones de nuestra ciudad, país o mundo la situación sea igual.
Las estadísticas son claras: casi 1 de cada 5 niñas no completa la educación secundaria, y casi 4 de cada 10 niñas no terminan el segundo ciclo de secundaria. En los países de bajos ingresos, alrededor del 90% de las adolescentes y mujeres jóvenes no tienen acceso a Internet, mientras que sus homólogos masculinos tienen el doble de posibilidades de estar conectados. Además, las niñas de 5 a 14 años dedican 160 millones de horas más al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que los niños de la misma edad en todo el mundo.

Homenaje a Ana
Mi mente viaja a mi infancia en un pueblo de la Mixteca Oaxaqueña, donde las niñas generalmente estaban destinadas a realizar tareas domésticas y casarse temprano. Desde muy joven, me di cuenta de que, si mi madre no hubiera salido de su pueblo a los 16 años, su destino podría haber sido similar al de la mayoría de las mujeres en esa comunidad.
Los niños, por su parte, trabajaban en el campo y solían emigrar a los Estados Unidos entrada su adolescencia o cuando conformaban su familia, una realidad muy común en varios lugares rurales de nuestro país, enviaban remesas a sus esposas e hijos, mientras buscaban “el sueño americano”
Esta era la realidad de mi amiga Ana. Su padre vivía en Estados Unidos, y sus hermanos estaban estudiando, pero pronto se reunirían con su padre en «El Norte», como ella solía llamarlo. Recuerdo que cada vez que lo decía me imaginaba un lugar misterioso y de fantasía, y luego me preguntaba por qué no podían ir también las niñas.
Ana asistía a la escuela, su madre la alentaba a asistir, pero parecía exigirle más en cumplir con sus tareas en casa. Tenía que ayudar a su mamá con las labores del hogar,para aminorar los trabajos de su madre, quien era costurera.
Cada verano que visitaba a mis abuelos, invitaba a Ana para que jugara conmigo. Su madre no podía resistirse a mi petición a pesar de que mi amiga tenía labores domésticas por hacer : «Doña Lili, ¿puede darle permiso a Ana para que juegue conmigo?».
Siempre que recuerdo cómo jugábamos, me doy cuenta de que Ana era una niña sumamente creativa y soñadora. Nuestros juegos versaban sobre como cocinar y cuidar nenucos, pero también sobre los sueños que compartimos y creo que esos eran nuestros favoritos: «Juguemos a que nuestro columpio es un vehículo que nos lleva como rayos al norte», solía decir. Yo intuía que se refería al gran deseo de ver a su papá. Ana iba a la papelería y compraba papel crepé rojo, naranja y verde para simular el agua y transformarla en aguas de Jamaica, naranja y limón. También cortaba hojas de los árboles frutales en el jardín de mi abuela para imaginar que preparábamos tortillas. Su imaginación era desbordante.
Así transcurrían mis veranos durante la infancia: llenos de hermosos recuerdos, pero también de constantes reflexiones. Yo había crecido en una ciudad, con una madre que no me presionaba mucho en cuanto a las tareas del hogar, pero sí me exigía en lo que respecta a mis estudios. Sin embargo, ese contraste, me llevaba a cuestionarme por qué nuestras realidades eran tan diferentes. Yo asistía a la escuela, mientras que muchas de esas niñas no lo hacían. Ellas se estaban preparando para ser madres y esposas, mientras que yo ni siquiera pensaba en eso. Surgían preguntas sin respuesta.
A medida que los años avanzaban, crecíamos y nos acercábamos al final de nuestra adolescencia, Ana y yo nos distanciamos.. Desde temprana edad, Ana se casó y tuvo hijos, su esposo emigró, y posteriormente, a su madre se le complicó la diabetes que padecía, su salud se fue deteriorando hasta su fallecimiento. Ana continuó con su vida junto a sus dos pequeñas hijas, y su salud emocional se vio gravemente afectada por la pérdida de su madre. Esto tuvo un impacto directo en su salud física, y finalmente, le diagnosticaron Leucemia.
Después de una valiente batalla contra la enfermedad, Ana falleció a la temprana edad de 22 años, dejando a dos de sus pequeñas hijas en la orfandad.
Nunca tuve la oportunidad de despedirme de ella, ni de agradecerle por los momentos de alegría que compartimos en nuestra infancia, esos momentos de juegos que fueron una parte fundamental para mí. No sé por qué no lo hice en su momento. Por eso, hoy la recuerdo y le rindo este homenaje. La conmemoro, pero al mismo tiempo me cuestiono.
Me pregunto qué habría sido de Ana si hubiera tenido más información, si su gran creatividad hubiera recibido un impulso y apoyo para perseguir sus sueños, cualquiera que hubiera elegido.
Su vida se extinguió a una edad temprana, pero constantemente me pregunto si aún estaría con nosotros si hubiera disfrutado de condiciones de vida con más oportunidades como un mejor acceso a la salud y la educación. ¿Y si hubiera tenido contado con más panoramas para tomar decisiones sobre su vida? ¿Qué habría ocurrido si no hubiera crecido en un lugar marcado por el machismo y la marginación? ¿Tal vez el mundo de Ana habría cambiado con un poco más de información?
Sin embargo, mantengo la esperanza y prefiero pensar que sus hijas tendrán lo que su madre no pudo: más información para tomar decisiones sobre su futuro y un cambio en la sociedad. Una sociedad que les diga y no le asombre que puedan lograr lo que se propongan, que las impulse a alcanzar sus metas y a ser niñas y, después, mujeres más libres.
Cuando veo a mis alumnas buscando información y a punto de recibirla de otras mujeres líderes que las inspiran, me inunda de emoción. Me hace desear ver en ellas la cara de mi amiga de la infancia y de la cara de sus hijas, transformando su realidad, construyendo una vida más plena. Así, el Día Internacional de la Niña cobra un significado aún más profundo para mí.
Todo esto me recuerda a una frase de Tamara Tenenbaum: «Para mí, tener la capacidad de elegir vivir sola, ser económicamente independiente y estar con quien quiero cuando quiero es una inmensa fortuna, algo por lo que agradezco todos los días. Anhelo con fervor que pronto esta fortuna sea la realidad de todas las mujeres del mundo». En el legado de Ana, en los sueños que anhelaba, en los momentos de juego que compartimos, encuentro el deseo de un mundo en el que todas las niñas y mujeres puedan alcanzar sus metas, vivir con independencia así como de disfrutar de la plenitud que merecen.
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