Platique con Iván Prado quién conoce esos lugares donde la humanidad parece jugarse su futuro. Ha trabajado en favelas de Brasil.
Palestina Tiene Nombre de Mujer

¿Qué nombre tiene Palestina cuando dejamos de verla únicamente en los titulares de guerra?
La pregunta incomoda porque nos obliga a mirar más allá de las cifras, los mapas y las imágenes de destrucción. Nos obliga a recordar que Palestina no es solamente un territorio disputado, una frontera vigilada o una palabra repetida en los noticiarios. Palestina también tiene rostros, voces, canciones, bordados, comidas, niñas que juegan y madres que siguen levantándose cada mañana, incluso cuando el mundo parece empeñado en negarles el futuro.
No se trata de una metáfora decorativa. En Palestina tiene nombre de mujer, el artista y fundador de Payasos en Rebeldía reúne poesía, ilustraciones y memoria para homenajear a las mujeres palestinas que sostienen la vida en medio de la violencia. El libro nace de una herida, pero no se queda en ella. Nace del dolor y busca transformarlo en color, en luz y en una posibilidad de encuentro.
“Es un libro que nace de la necesidad de curarnos por dentro”, confiesa Iván. Y en esa frase está quizá la clave de todo el proyecto: hay dolores que no desaparecen cuando se cuentan, pero pueden dejar de ser silenciosos. Pueden convertirse en palabra, imagen, gesto, abrazo. Pueden encontrar una forma de resistir.
Platique con Iván Prado quién conoce esos lugares donde la humanidad parece jugarse su futuro. Ha trabajado en favelas de Brasil, campamentos de refugiados en el Sahara, comunidades indígenas de Chiapas y campos de refugiados palestinos. Allí lleva un traje de payaso, una nariz roja y una convicción que podría parecer ingenua para quienes observan la guerra desde la distancia: la risa también puede ser una forma de resistencia.
Pero él no habla de la risa como evasión. No se trata de olvidar la tragedia ni de fingir que las bombas no existen. Se trata de abrir, aunque sea por unos minutos, una ventana distinta.
“Cuando llega el payaso, se abre una ventana de alegría, una ventana de multicolores, como si se prendiese un arcoíris en ese instante”, explica. Y entonces los corazones —dice— se ponen a danzar.
La imagen parece imposible: una función de circo en un lugar donde las personas no saben si estarán vivas al día siguiente, si tendrán comida en el plato o si un ejército entrará durante la noche en sus casas. Sin embargo, es precisamente allí donde el arte adquiere una urgencia que no siempre comprendemos desde la comodidad.
En esos sitios, la risa no es un lujo. Es un antídoto.
“Contra el miedo aparece el amor; contra el pesimismo, la alegría; contra el dolor, la risa”, afirma Iván. No es una frase vacía. La pronuncia alguien que ha actuado bajo las bombas, que ha tenido que escapar de tanques y que ha visto a niños correr detrás de un payaso mientras los drones sobrevuelan el cielo.
Cuando le preguntan qué imagen le viene a la mente al escuchar la palabra Palestina, Iván no responde con una ciudad ni con una fecha. Recuerda a una niña rubia, de seis o siete años, frente al puente de Qalandia. Al fondo se escuchaban helicópteros, aviones y bombas. Después de la función, la niña no quería separarse de él.
A través de un traductor, Iván le preguntó si creía que algún día su país sería libre.
La niña abrió los ojos y respondió que sí.
Un sí profundo, rotundo, capaz —según recuerda— de apagar por un instante los sonidos de la guerra.
Hay respuestas que no necesitan explicación. Esa niña no ofreció un análisis político ni una consigna. Dio algo más difícil: una certeza. La certeza de quien, aun rodeada de miedo, se niega a entregar el futuro.
Palestina tiene nombre de mujer nació después de un viaje realizado en 2018. Iván cuenta que una compañera ilustradora, Irene Serrano, lo acompañó a un festival en Palestina. Al regresar, ella volvió profundamente afectada por la historia de una madre que había perdido a su hijo mientras jugaba con canicas en el campo de refugiados de Aida, donde Payasos en Rebeldía mantiene una pequeña escuela de circo.
Frente a ese dolor, Iván le propuso una transformación: “alquimizarlo”, convertirlo en color y luz.
El resultado es un libro que mira a Palestina a través de sus mujeres. Mujeres que preparan la comida y mantienen unida a la familia. Mujeres que bordan y conservan la memoria. Mujeres que buscan una patria entre alambradas. Niñas de Gaza que sueñan con unas olimpiadas y entrenan natación sincronizada en piscinas sin agua. Mujeres que desafían a los militares, que hacen huelgas de hambre y que esperan a sus hijos detenidos.
Entre esas figuras aparece Ahed Tamimi, quien siendo adolescente se enfrentó a soldados con el puño en alto y el cuerpo descubierto, convirtiéndose en una referencia internacional de la lucha por los derechos humanos. También está Dareen Tatour, poeta palestina encarcelada por sus palabras, por escribir y publicar versos en los que llamaba a resistir.
Palestina, entonces, no tiene un solo nombre. Tiene el nombre de cada mujer que conserva una llave, un vestido, una receta, una canción o una historia familiar. Tiene el nombre de la madre que espera. De la niña que corre. De la joven que levanta el puño. De la poeta que escribe desde la prisión.
Entre las metáforas que aparecen en el libro está la llave. Las familias palestinas conservan las llaves de las casas de las que fueron expulsadas en 1948. Las guardan como quien guarda una promesa: algún día volverán a abrir esas puertas, volverán a sus tierras y volverán a cultivar sus olivos.
La llave no abre únicamente una casa. Abre la memoria. Es una forma de decir: estuvimos ahí, pertenecemos a ese lugar, nuestra historia no comienza con la guerra ni termina con el despojo.
En el libro, la palabra se encuentra con las ilustraciones de Irene Serrano. Ella, explica Iván, suele pintar mujeres y trabaja con una sensibilidad especial hacia los azules y los colores. En esta obra buscó retratar ese color que también existe en Palestina: un color que no niega la oscuridad, pero que se resiste a quedar atrapado en ella.
Iván recuerda una función en una comunidad rural de Cisjordania. El equipo llegó cuatro horas tarde porque los caminos estaban bloqueados por puestos de control y tuvieron que buscar rutas alternas entre montes y carreteras destruidas. Cuando llegaron a la plaza, no había nadie.
Entonces un niño vio a los payasos a lo lejos. Diez minutos después, una multitud de niñas y niños corría cuesta arriba para presenciar la función.
No hacía falta una campaña de difusión. Bastaba con que apareciera algo de color en medio del miedo.
Al terminar, una mujer llamada Esperanza le contó las agresiones que sufrían las familias de la comunidad, la ocupación de sus casas y la violencia cotidiana. Iván le dijo que le sorprendía que la gente hubiera acudido después de esperar tanto tiempo.
Ella le respondió, en esencia, que ante el miedo y el terror también era necesario correr hacia aquello que ofrecía alegría.
En otra ocasión, en un campo de refugiados entre Grecia y Macedonia, el suelo era un mar de lodo. Miles de personas hacían fila durante horas para recibir un bocadillo. No podían realizar una función tradicional porque los niños podían perderse y no había un espacio seco donde sentarse.
Así que actuaron dentro de las tiendas de campaña. Entre madres que bañaban a sus bebés con botellas de agua, los payasos metían la cabeza en las pequeñas carpas y hacían unas cuantas bromas. En ese lugar, un niño sirio llamado Mohammed le regaló sus tenis blancos.
Iván estaba descalzo porque muchos niños del campo caminaban sin zapatos. El gesto de Mohammed lo conmovió. Pero, fiel a la lógica del payaso, convirtió el calzado en un teléfono y comenzó a hablar con su madre. El niño murió de risa.
La escena puede parecer mínima, pero no lo es. El niño no recuperó su casa ni dejó de ser refugiado. La guerra no terminó. Sin embargo, durante unos segundos, Mohammed pudo ofrecer algo en lugar de recibirlo. Pudo regalar. Pudo jugar. Pudo reír.
En una de las experiencias que Iván considera fundacionales, el equipo llegó a un campo de refugiados en Gaza. Mientras se preparaban en un cuarto de escobas de una escuela de Naciones Unidas, comenzaron los bombardeos.
Los niños y las niñas se pusieron de pie y empezaron a cantar. Querían que los payasos salieran. Para ellos, vivir bajo las bombas era la cotidianidad; lo extraordinario era asistir a un espectáculo
Fue entonces cuando Iván comprendió que la alegría podía ser un escudo frente a la tragedia.
No un escudo que detuviera los misiles, sino uno que protegiera algo más profundo: la capacidad de imaginar otra vida.
Por eso el libro no sólo habla de Palestina. También nos habla de nosotros. De nuestra manera de mirar el sufrimiento ajeno. De esa frase cómoda que dice: “mientras a mí no me pase”. De la distancia que convierte una tragedia en una noticia más, hasta que un rostro, una niña o una madre consiguen atravesarla.
Iván insiste en que somos un tejido humano. Cuando alguien sufre, la membrana se encoge; cuando alguien ríe, se ilumina y se amplía. No somos tan independientes como nos gusta pensar. La desaparición, el desplazamiento, la violencia y el hambre no son problemas que ocurren únicamente “allá”, porque la indiferencia también construye un mundo que mañana puede tocarnos.
Pero la solidaridad no tiene que comenzar con grandes discursos. Puede empezar con una palabra amable, una sonrisa, un abrazo, una mano tendida. Puede comenzar leyendo un libro que nos obliga a mirar de nuevo.
“Ríamonos del poderoso, de lo que está mal, de la dictadura, de lo que nos intentan imponer”, propone Iván. Reírse, en su visión, no significa burlarse del dolor de las víctimas. Significa quitarle solemnidad al poder, desobedecer el miedo y recuperar la libertad de imaginar.
Palestina tiene nombre de mujer es, en ese sentido, un acto de memoria y de esperanza. Un libro que no pretende hablar por las mujeres palestinas, sino honrarlas; que no busca convertir la tragedia en espectáculo, sino devolverle humanidad a quienes suelen aparecer reducidos a cifras.
Porque hay historias que no caben en un titular. Hay nombres que no aparecen en los mapas. Hay mujeres que sobreviven mientras el mundo discute fronteras.
Y quizá por eso Palestina tiene nombre de mujer.
Tiene el nombre de la madre que guarda una llave. De la poeta que escribe entre candados. De la niña que responde que sí cuando le preguntan si algún día su país será libre. Tiene el nombre de todas las que, aun en medio de la guerra, siguen sembrando, cocinando, bordando, cantando, pariendo y riendo.
Iván Prado sólo puso el oído, el cuerpo y la nariz roja para escuchar esa respuesta.
Lo demás lo hicieron ellas.
Compren el libro ya que absolutamente todos los recursos son destinados para Palestina.
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