23 mayo, 2022

Arturo Rueda, su soledad y su caída

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Solo en una ocasión a lo largo de cuatro años que trabajé como reportero de Diario CAMBIO vi a Arturo Rueda vulnerable, pequeño y solitario.

Siempre me sorprendió cómo una persona con esas características podía tener ese autoestima y actitud de poder con todo y contra todos.

Entendí que su posición en el engranaje de poder de los impresentables Enrique Doger e Ignacio Mier le dotaban de un halo de impunidad sin fecha de caducidad. Y, sin embargo.

En algún momento, es innegable, sentí admiración y respeto por el maestro que me tocó como mentor en el oficio.

Al tiempo comprendí que Arturo Rueda era un sociópata y el ejemplo perfecto de todo lo que no es el periodismo y todas las prácticas que no se deben de hacer en nombre de la libertad de expresión.

Confieso que su detención muy en mis adentros me causó un poco de empatía. No puedo dejar de pensar en su prometida Gabriela Arratia, en Doña Lupita, su mamá, en su padre, quien desde Huitzuco pensaba que su hijo era un hombre honorable y respetado en tierras poblanas.

Fue en la banqueta de la Calle 2 Sur a las afueras del Restaurante La Tocinería cuando estalló el escándalo de la extorsión por 10 millones de pesos que había cometido en contra del priista Jorge Estefan Chidiac, a la sazón candidato a diputado federal en las elecciones intermedias del 2015, cuando vi por primera vez a Rueda tambalearse, sudar de nervios y no poder hilar una oración con sentido.

Le ofrecí una botella de agua que se atragantó en segundos.

Osvaldo Macuil y yo no preguntábamos nada mientras nuestro director editorial no se apartaba del teléfono celular del que mandaba mensajes en cuestión de segundos una vez que su affair con Estefan explotó en todos los medios locales y nacionales.

Hoy vuelvo a pensar en ese Arturo Rueda empequeñecido, sudoroso y desorbitado.

Pienso en todo lo que se le cruzó cuando fue detenido por los agentes de la Fiscalía General de la Ciudad de México; las palabras que dijo; si se portó prepotente o no en contra de los ministeriales, si injurió, si suplicó perdón, si intentó darse a la fuga, las palabras de su novia.

Me imagino su largo traslado desde la Ciudad de México a San Andrés Cholula para ser presentado como presunto culpable por el delito de extorsión.

¿Se habrá arrepentido en algún momento por haber aceptado de manos de Eukid Castañón las grabaciones interceptadas de las llamadas de Estefan Chidiac y planear en ese momento la extorsión que hoy lo tiene en calidad de presentado?

¿En algún momento habrá sentido remordimiento por ser el columnista más malintencionado, repudiado y con menos credibilidad de Puebla?

¿En esos 132 kilómetros que separan a la capital del país de la Angelópolis habrá reconocido sus excesos como haber ofendido a un sinnúmero de políticos al grado de humillarlos como lo hizo con Karina Pérez Popoca, Blanca Alcalá, Roxana Luna, Ana Teresa Aranda, Claudia Rivera, Genoveva Huerta o Angélica Alvarado?

¿Habrá recordado todas sus últimas bravatas en contra de Miguel Barbosa, Eduardo Rivera, Gilberto Higuera, Héctor Sánchez o Sergio Salomón?

¿En esas largas horas detenido se habrá arrepentido por culpar de sus feminicidios a Mara Castilla, Paulina Camargo o Debanhi Escobar?

¿Le habrán dado recomordimiento los tuits publicados y el haber lucrado de manera miserable y vil con la muerte de Cecilia Monzón para atacar por última vez a su némesis Jorge Estefan?

Seguro que no.

Y es que, en su narcisismo y sociopatía, Arturo Rueda seguro pensó que se detención fue nota nacional por las supuestas arbitrariedades del proceso, que su nombre sería relacionado como “periodista detenido por venganza política”, que las organizaciones nacionales e internacionales en defensa de la libertad de expresión, así como la CNDH, fijarían postura y pedirían su liberación inmediata, que muchos periodistas nacionales darían la cara por él, al igual que los principales políticos del país.

Qué duro será para Rueda darse cuenta de que nadie ha lamentado su detención, que nadie ha puesto el cuerpo por él, que nadie ha dicho que su aprehensión no fue justa, que nadie ha mencionado que es una mordaza o un atentado contra la libertad de expresión, que ninguno de sus trabajadores en CAMBIO han escrito un mísero tuit para solidarizarse, que solo Doger y Mier fijaron dos escuetas posturas, que huelen a deslinde y a sacrificio.

Siempre se corta por la pieza más débil.

Dicen que los amigos se conocen en los hospitales y en las cárceles.

Arturo está solo.

A lo largo de los años, el extorsionador confeso se dedicó a sembrar odios y discordias con todos sus cercanos y aquí están los frutos de su cosecha.

El infierno de Rueda apenas inicia, pues aún faltan acumular dos extorsiones más, y las investigaciones por los delitos de lavado de dinero, asociación delictuosa y defraudación fiscal, que serán los verdaderos y delicados problemas del exdirector de CAMBIO al ser del fuero federal.

La caída de Arturo solo evidenció que su mito como el “periodista más poderoso de Puebla” era solo eso, un mito.

Ni periodista ni poderoso.

Rueda no es más que un vil delincuente caído en desgracia.

Uno más.

El periodismo poblano será el mismo mientras Arturo Rueda pelea por su libertad.

El lunes la noticia ya no será noticia.

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