Cuando termino de dar el primer trago, Joaquín me pregunta si percibo las notas frutales y fermentadas a maracuyá, nueces y piña asada del proceso natural que me acaba de extraer. Lo único que percibo es cómo el café caliente me destroza el dorso de la lengua, cómo el líquido hierve dentro de mi boca y recorre mi tráquea entibiándome las vísceras.

¡Ah! ¡Nada como un buen café!

Cuando termino de dar el primer trago, Joaquín me pregunta si percibo las notas frutales y fermentadas a maracuyá, nueces y piña asada del proceso natural que me acaba de extraer. Lo único que percibo es cómo el café caliente me destroza el dorso de la lengua, cómo el líquido hierve dentro de mi boca y recorre mi tráquea entibiándome las vísceras.
Joaquín insiste: esta cosecha no solo es de altura y especialidad, sino que únicamente permitió unos cuantos lotes que gracias a dios, dice, ya ha podido colocar, incluso en el extranjero. Yo intento disimular las lágrimas que me salen no por el perfil sensorial ni por la taza perfecta, sino por el dolor y las llagas que empiezan a ampollar la carne interior de mis mejillas. Me cuenta también que sus productores ya tienen la venta asegurada, que nadie como La Asociación cuida de ellos y de la calidad de su cosecha, pero sobre todo de las ganancias, que últimamente, con las barras de especialidad y los programas de lealtad y de marketing, se han disparado. Llueve, truene o relampaguee, a ellos les llega lo suyo, afirma con marcado orgullo.
Le pregunto su opinión sobre otro café. ¿Ese, el de a lado? Ese lo hacen con puro grano de sobra, por eso es barato, nuestra Asociación es mejor, más cara, no hacemos eso, si quiere puede irse por el molido, responde con ligera irritación. Yo corrijo y le hago saber que confío en él y en su grupo, aunque no estén presentes allí, en el evento donde podrían vender sus granos a precio libre, porque en La Asociación son demasiados caficultores y sería muy difícil traerlos a todos y para qué, para eso están ellos, Joaquín y su equipo, en su representación. La idea de los vasos de papel ecofriendly, además, fue suya, como suya es La Marzocco que destella, impecable, en uno de los stands más grandes del recinto, donde todos se pasean y suben historias y hacen menciones y toman fotos subexpuestas a sus vasos de plástico o de cartón.
Lo escucho atento: el café empieza a entibiar, pero mi lengua sigue herida. Me incorporo, le doy las gracias y le pregunto el precio del grano. Me da una cifra y su barista me extiende la terminal: entendiendo la dinámica, mi pago es contactless. A lo lejos, reconozco a algunos amigos, algunos de ellos en puestos más modestos, pequeños, menos extravagantes, pero aclientados por la perfección de su oficio. No interrumpo.
Cuando llego a casa, abro el grano, lo muelo y hago mi extracción. Es humilde pero honesta. Me gusta el americano: sincero, de batalla, rendidor. Doy el primer sorbo. Entonces me doy cuenta de que no es para tanto, y que quizá la magia del café se habrá perdido en el trayecto o en la retórica complaciente de quien me lo vendió a sobreprecio.










