25 noviembre, 2022

Suspicacias mundialistas

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El mundial en Qatar es la gran fiesta de la doble moral, de lo políticamente correcto, de la prohibición como una tradición. Es la expresión deportiva en la que se ha hecho visible, en mayor medida, las diferencias radicales entre Occidente y Medio Oriente, pero también es el evento en donde los jaques árabes pueden olvidarse un poquito del valor cultural de los riyales qataríes, de hacer algunas excepciones entre sus “amigos” europeos y americanos, siempre y cuando, haya miles de millones de euros de por medio. No es casualidad que en este país el dinero fluya como agua de río desbordado, donde se reproducen las peores prácticas de la generación de capital tal como el lavado de dinero, la explotación laboral casi medievalista y la tercerización empresarial mejor conocida como Outsourcing. Y en este contexto se celebran los goles, se observa el espectáculo fascinante que significa ver a las grandes estrellas del futbol, se analizan las probabilidades de ganadores y perdedores cada vez que rueda la pelota.  

El mundial en Qatar es el acontecimiento, sin duda alguna, más desangelado, el menos voyerista pues el hermetismo que priva en Doha impide acercarse con empatía a sus formas de vida más cotidianas. En contraposición, lo único que se permite “ver” es aquello que se ha construido con enormes cantidades de dinero en efectivo dentro de su territorio, pues en la oscuridad los “inversionistas” pueden disimular y maquillar el origen de los recursos. Curiosamente, cabe resaltar, a los turistas se les controla obsesivamente el uso de cash. De este modo, rascacielos, tiendas, avenidas, estadios, en fin, los lugares donde los árabes compran la gratitud de Alá, se vuelven oasis en el desierto, camellos indetectables para las organizaciones en contra de la corrupción financiera. Así, Qatar es el país mejor administrado por el espanto de las costumbres de quienes viven en la prehistoria; así, Qatar coquetea con los bancos occidentales, los abrazo, hace el amor con ellos, pero se aleja de la democracia más básica porque los derechos humanos, el respeto a las preferencias sexuales, religiosas y culturales no son asuntos de Estado. Un Estado que odia la libertad salvo cuando la pelota mundialista es el tótem sagrado para producir más dinero.

El mundial en Qatar es el mundial en el que la FIFA prefirió los maletines llenos de futuro y abandonó la oportunidad histórica de reivindicarse como una organización que puede contribuir a la democracia en el mundo a través del futbol. Su presidente prefirió un discurso a la sana negociación sin condiciones porque, paradójicamente, negociar con los árabes, quienes en su más fiel estilo siempre ganarán, le da lo quiere: los grandes reflectores. Porque las palabras incluyentes ayudan a la mercadotecnia de las ideas, pero no ayudan a lavar el dinero de Dios y tal vez porque las mafias de apostadores también están jugando...     

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